Benarés, ciudad sagrada

Benares

Es difícil creer que pueda haber una ciudad que esté considerada como de la Muerte, pero en Benarés, o Varanasi, como ellos la conocen, ésta se huele por sus calles, y el respeto y la calma se va abriendo paso entre los turistas a medida que se acercan a los ghats.

Pero lo que para nosotros es temor innato, para ellos es un lugar santo; un lugar sagrado que la misma religión hinduísta incluye en sus preceptos y que se basa en tres pilares fundamentales: uno de esos tres puntos es el que dice que aquél que muera en Benarés tiene ganado el camino directo al Nirvana. Por otro lado, también indica que bañarse en el Ganges, en Benarés, purifica y purga los pecados. Y, por último, un tercer precepto que obliga a todo creyente hindú a peregrinar al menos una vez en su vida a Benarés.

Como podréis imaginar, la ciudad se convierte así en el tramo final del peregrinaje vital de muchos hindúes que vienen a morir aquí. La ciudad se vuelve oscura, triste e incluso trágica. Sin embargo, al mismo tiempo, es el ejemplo perfecto de la espiritualidad india. Es éste el sitio donde más se comulga con su fé, donde más intensamente se viven sus creencias.

Benarés apenas tiene nada que ver, monumentalmente hablando. Quizás el templo dorado de Shiva y la mezquita de Gyanvapi. Sin embargo, algo que recordaréis toda la vida son sus ghats y el Ganges.

Pero llegar hasta el Ganges no es nada fácil. Para ello hay que atravesar toda la ciudad antigua, el Chow y habremos de tener mucho cuidado en no perdernos por su maremágnum de estrechas calles que parecen todas iguales. Viejas, sucias y embarradas las calles; paredes de arcilla manchadas, y vacas y burros que campan a sus anchas sin dejar paso. Y claro está, en ocasiones hay que ir tras ellas como si de una comitiva fuera.

Os contaré una anécdota que espero que no… bueno, el caso es que iba por una de esas estrechas calles, cuando una vaca me taponó el paso. Iba a paso lento, tranquilas como son ellas, así que por miedo o por estrechez yo no me atrevía a adelantarla porque iba a significar pegarme mucho a ella tan pequeña era la calle. De repente, la vaca se detuvo, y ni corta ni perezosa, levantó el rabo. Os podéis imaginar lo que se puso a hacer allí mismo en medio de la calle, toda llena de barro y mugre. Y allí detrás, un servidor esperando a que acabara…

En fin, son cosas de Benarés, pero finalmente, conseguí llegar a las orillas del Ganges.

Era muy temprano, aún ni había amanecido; empezaban a asomar los primeros rayos, cuando pude divisar en varios túmulos que se levantaban sobre la orilla del río el humo de las cremaciones, y las colas de gente que esperaban su turno para incinerar a un ser querido.

Ghats en Benares

Resultaba sobrecogedor. En primer lugar la larga fila de gente. En segundo lugar el sistema, porque aquello no era más que una pila de maderos donde los quemaban, no sin antes golpearles el cráneo para que su espíritu no quedara aprisionado. Había llovido y mucho esa mismo noche, y ya que no prendían bien los fuegos, los cuerpos eran untados en mantequilla, nos dijeron, y por último, y después de varios minutos, llegaba el “enterramiento”.

Aquello restos debían reposar en las aguas del Ganges, de modo que el oficiante cogía una especie de escoba, y barría los restos hacia el Ganges, de modo que caían desde la altura del túmulo hasta las aguas, donde se bañaban impertérritos los hindúes que buscaban su baño purificador del día.

Del paseo que dimos en barca por el Ganges, a veces casi prefiero ni recordarlo, pero eso os lo contaré en un próximo artículo.

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Categorias: Benares, Ciudades sagradas de la India, Viaje a la India


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